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Para el año 1900 la actividad escénica de la ciudad de Guatemala se
hallaba centrada en el Teatro Colón que contaba para entonces con 41
años de existencia, y cuya actividad a través de cuatro décadas
había cobrado bastante regularidad. En efecto, el cambio de siglo
tomó a la vida escénica del Teatro Colón en gran auge; puede decirse
que en su zenith. Más allá de ese quehacer escénico que giraba al
rededor de operetas, óperas y zarzuelas, presentadas por compañías
extranjeras, casi no había ninguna otra actividad teatral en la
ciudad de Guatemala, como no fuese algún acto escolar.
El
jueves 4 de enero de 1900 es la fecha que marca el inicio de la
actividad del Teatro Colón en el siglo XX con la ópera Lucia de
Lammermoor, de Gaetano Donizetti, presentada por una compañía
visitante, bajo la dirección artística de Ángel Disconzi, un músico
italiano que desde 1898 vivía en Guatemala como director del
Conservatorio. Esta temporada con la que se abrió el siglo tuvo como
piezas centrales Aída, de Giuseppe Verdi, y La Bohème, de Giacomo
Puccini, opera que entonces se estrenaba en Guatemala y que fue la
que más le gusto al público.
Piezas dramáticas propiamente dichas se presentaban pocas en el
Colón, si bien si había algunas temporadas de compañías de teatro,
como ese propio año, 1900, en la que el músico y empresario Germán
Alcántara hizo los arreglos para traer de México a la compañía
dramática de Matilde de la Rosa y José Sánchez, que dio una
estupenda temporada en la que sobresalió la obra Tierra Baja, del
dramaturgo catalán Ángel Guimerá (1845-1924), en la versión en
castellano de José Echegaray. Esta pieza, estrenada en Barcelona en
1897, es una obra de importantes valores escénicos, si bien
enmarcada dentro de un estilo de corte efectista o tremendista, en
el sentido de que apela demasiado a la emotividad de los
espectadores. Esta fue la obra favorita del público, que no recibió
con igual entusiasmo las otras obras que ofreció esta compañía, que
fueron El loco Dios, de José Echegaray (1832-1916); Electra, de
Benito Pérez Galdós (1843-1920); El señor feudal y Juan José, de
Joaquín Dicenta (1862-1917); y Los Galeotes, de Serafín Alvarez
Quintero (1871-1938). Es interesante que Tierra Baja haya sido la
obra favorita de la temporada; interesante en tanto que se trata de
una pieza que plantea asuntos sociales -un poco en la línea de
Fuenteovejuna de Lope de Vega- que podrían haber provocado un cierto
malestar entre los sectores tradicionales de Guatemala; pero, por
otra parte, es entendible pues es una pieza que en el cambio de
siglo estuvo de moda en muchas ciudades.
Al año siguiente, 1901, Germán Alcántara trajo a la compañía
española de Francisco Benavides que ofreció un repertorio nada
novedoso, centrado en obras de Echagaray. Esta compañía se disolvió
en Guatemala, y aquí quedaron los actores Teófilo Leal (venezolano)
y Alfredo Palarea (español). Ambos organizaron varios grupos de
aficionados en los años próximos; Palarea con el paso del tiempo se
caso con Adriana Saravia y procrearon una familia muy aficionada al
arte, cuyos miembros han tenido presencia en varios grupos y
compañías.
En cuanto a la actividad de los guatemaltecos, debe anotarse que en
1902 el músico quezalteco Pedro J. Vásquez estableció en la ciudad
de Guatemala la "Compañía Típica Nacional", que inició el teatro
musical en el país. Fue una compañía que presento algunas operetas
de repertorio internacional con no mucha fortuna, pero descolló por
presentar obras ligeras confeccionadas por la propia compañía, como
Entre Fronteras, Si yo fuera presidente, Navidad y Juan Chapín.
Al inicio de enero de 1909 se abrió una nueva sala de espectáculos
en la ciudad de Guatemala, el Teatro Variedades. No era tan grande
como el Colón, pero por su escenario desfilaron muchas e importantes
compañías de teatro. Estaba situado este teatro en el lado sur de la
sexta calle entre tercera y cuarta avenidas (más cerca de la cuarta)
de la zona central. A partir de la existencia de este escenario las
compañías dramáticas usualmente se presentaban allí.
Se podría llenar muchas páginas enlistando las operas y operetas que
con bastante regularidad, hasta diciembre de 1917, configuraban las
temporadas del Teatro Colón con empresas en gira; pero lo que aquí
interesa de manera especial son las compañías dramáticas, como la de
Francisco Fuentes y la de María Guerrero. Ambas compañías estuvieron
en Guatemala en 1909, y las actuaciones de una y otra fueron
importantes en el desenvolvimiento teatral de Guatemala. Ambas se
presentaron en el Teatro Variedades.
Quizás
lo más importante de la compañía de Francisco Fuentes fue lo
novedoso de algunos recursos técnicos que introdujo en Guatemala,
como la iluminación con candilejas situadas en los extremos del
proscenio en vez de únicamente al frente, como era lo tradicional.
Las obras de lucimiento de Francisco Fuentes como actor fueron Las
divinas palabras, de Ramón del Valle Inclán (1866-1936); Como
buitres, de Manuel Linares Rivas (1867-1938); y, sobre todo, Cyrano
de Bergerac, de Edmond Rostand (1868-1918), en las que Fuentes se
lucia haciendo los personajes centrales. Fue, en general, una
temporada muy balanceada, en la que hubo varias obras muy accesibles
o ligeras que fueron los grandes éxitos de público, a saber: Las
aventuras del Nick Carter, pieza policial de John R. Coryell
(1851-1924), que tenía asegurado el éxito puesto que Nick Carter era
un personaje de folletón juvenil, como años después seria Dick
Tracy; la comedia alemana Juventud de príncipe, de Wilhem
Meyer-Forster (1862-1934); Corazones de mujer, obra romántica de
Santiago Rusiñol (1861-1931) en versión de Gregorio Martínez Sierra
(1881-1947); y Madame sans gene, de Victorien Sardou (1831-1908),
una comedia situada en dos momentos de la vida de Napoleón Bonaparte
(cuando era teniente de artillería y cuando era emperador); se
presento sin traducir su titulo, seguramente porque así era conocida
internacionalmente, y se mantuvo una semana con taquilla agotada. Un
éxito recordado por muchos años por el público que la vio, en parte
debido al lujo del vestuario.
La compañía española de María Guerrero se presento con un repertorio
centrado en obras de autores del Siglo de Oro, como Lope de Vega y
Calderón de la Barca, si bien el éxito de público fue Locura de
amor, de Manuel Tamayo y Baús (1829-98). Esta compañía también
escenifico la pieza Los Conquistadores, del escritor peruano
radicado en Guatemala José Santos Chocano (1875-1934); obra que
durante los años que el autor vivió en España había sido estrenada
en Madrid, por otra compañía, el 7 de abril de 1906, con una acogida
muy pobre tanto de la critica como del público. EnGuatemala tuvo la
misma acogida que en España: fría. Pero siempre fue una oportunidad
para que Fernando Díaz de Mendoza (esposo de María Guerrero) diese
una muestra de su dominio escénico, interpre tando a Don García, un
personaje que es un conquistador español del siglo XVI pero con la
actitud y el discurso romántico del siglo XIX.
En 1910 estuvo por primera vez en Guatemala la famosa actriz
mexicana Virginia Fábregas, que impactó tremendamente al público. Su
compañía tuvo más demanda de localidades que la de María Guerrero,
muy probablemente debido a que presentaba obras más del gusto
general como Mariana, de Echegaray; Magda, del alemán Hermann
Sudermann (1857-1928); y muy especialmente el melodrama La mujer X,
del francés Alexandre Bisson (1848-1912). Esta obra volvió a ponerla
en cartelera en la gira que hizo en 1922, con igual éxito. A pesar
de que a Guatemala viniesen compañías de la alta calidad de las tres
mencionadas anteriormente (Fuentes, Guerrero, Fábregas), se mantuvo
la característica de que la actividad escénica con público más
asegurado era la de teatro lírico, y esto se mantuvo así hasta los
terremotos de diciembre de 1917 y enero de 1918 que dañaron
seriamente el teatro Colón, e hicieron imposible que allí se
presentase ningún espectáculo por el estado de maltrechez en que
había quedado. La demolición del edificio teatral no se efectuó sino
hasta 1922, después que una comisión técnica, compuesta por los
constructores Víctor Cottone, Gustavo Novella y Cristóbal Azari,
opinó que no era rentable reconstruir el teatroy que lo razonable
era demolerlo. |